viernes, 8 de abril de 2022

El dragón y la princesa (Fragmento)

Martín sintió cómo de pronto ella se dormía, mientras él trataba de ordenar el caos de su espíritu. Pero era un vértigo tan incoherente, los razonamientos resultaban siempre tan contradictorios que, poco a poco, fue invadido por un sopor invencible y por la sensación dulcísima (a pesar de todo) de estar al lado de la mujer que amaba. 

Pero algo le impidió dormir, y poco a poco fue angustiándose. 

Como si el príncipe —pensaba—, después de recorrer vastas y solitarias regiones, se encontrase por fin frente a la gruta donde ella duerme vigilada por el dragón. Y como si, para colmo, advirtiese que el dragón no vigila a su lado amenazante como lo imaginamos en los mitos infantiles sino, lo que era más angustioso, dentro de ella misma: como si fuera una princesa-dragón, un indiscernible monstruo, casto y llameante a la vez, candoroso y repelente al mismo tiempo: como si una purísima niña vestida de comunión tuviese pesadillas de reptil o de murciélago. 

Y los vientos misteriosos que parecían soplar desde la oscura gruta del dragón-princesa agitaban su alma y la desgarraban, todas sus ideas eran rotas y mezcladas, y su cuerpo era estremecido por complejas sensaciones. Su madre (pensaba), su madre carne y suciedad, baño caliente y húmedo, oscura masa de pelo y olores, repugnante estiércol de piel y labios calientes. Pero él (trataba de ordenar su caos), pero él había dividido el amor en carne sucia y en purísimo sentimiento; en purísimo sentimiento y en repugnante, sórdido sexo que debía rechazar, aunque (o porque) tantas veces sus instintos se rebelaban, horrorizándose por esa misma rebelión con el mismo horror con que descubría, de pronto, rasgos de su madrecama en su propia cara. Como si su madrecama, pérfida y reptante, lograra salvar los grandes fosos que él desesperadamente cavaba cada día para defender su torre, y ella como víbora implacable, volviese cada noche a aparecer en la torre como fétido fantasma, donde él se defendía con su espada filosa y limpia. ¿Y qué pasaba, Dios mío, con Alejandra? ¿Qué ambiguo sentimiento confundía ahora todas sus defensas? La carne se le aparecía de pronto como espíritu, y su amor por ella, se convertía en carne, en caliente deseo de su piel y de su húmeda y oscura gruta de dragón-princesa. Pero, Dios, Dios, ¿y por qué ella parecía defender esa gruta con llameantes vientos y gritos furiosos de dragón herido? "No debo pensar", se dijo, apretándose las sienes, y trató de permanecer como si retuviera la respiración de su cabeza. Trató de que el tumulto se detuviera. Quedó tenso y vacío por un fugitivo segundo. Y luego, ya limpio por un instante siquiera, pensó con dolorosa lucidez PERO CON MARCOS MOLINA, ALLÁ EN LA PLAYA, NO FUE ASÍ, PUES ELLA LO QUISO O LO DESEÓ Y LO BESÓ FURIOSAMENTE, de modo que era a él, a Martín, a quien rechazaba. Cedió en su tensión y nuevamente aquellos vientos volvieron a barrer Su espíritu, como en una furiosa tormenta, mientras sentía que ella, a su lado, se agitaba, gemía, murmuraba palabras Ininteligibles. "Siempre tengo pesadillas cuando me duermo", había dicho.

Martín se sentó en el borde de la cama y la contempló: a la luz de la luna podía escrutar su rostro agitado por la otra tempestad, la de ella, la que él nunca (pero nunca) conocería. Como si en medio de excrementos y barro, entre tinieblas, hubiese una rosa blanca y delicada. Y lo más extraño de todo era que él quería a ese monstruo equívoco: dragón-princesa, rosafango, niñamurciélago. A ese mismo casto, caliente y acaso corrupto ser que se estremecía cerca de él, cerca de su piel, agitado quién sabe por qué horrendas pesadillas. Y lo más angustioso de todo era que habiéndola aceptado así, era ella la que parecía no querer aceptarlo: como si la niña de blanco (en medio del barro, rodeada por bandas de nocturnos murciélagos, de viscosos e inmundos murciélagos) gimiera por su ayuda y al mismo tiempo rechazara con violentos gestos su presencia, apartándolo de aquel tenebroso sitio. Sí: la princesa se agitaba y gemía. Desde desoladas regiones en tinieblas lo llamaba a él, a Martín. Pero él, un pobre muchacho desconcertado, era incapaz de llegar hasta donde ella estaba, separado por insalvables abismos.


Ernesto Sábato

Sobre héroes y tumbas


martes, 8 de junio de 2021

Candaules y Giges

Resulta que un tal Candaules estaba enamorado de su mujer y, como enamorado, creía firmemente tener la mujer más bella del mundo; de modo que, convencido de ello y como, entre sus oficiales, Giges, hijo de Dascilo, era su máximo favorito, Candaules confiaba al tal Giges sus más importantes asuntos y, particularmente, le ponderaba la hermosura de su mujer. Y, al cabo de no mucho tiempo -pues el destino quería que la desgracia alcanzara a Candaules-, le dijo a Giges lo siguiente: “Giges, como creo que, pese a mis palabras, no estás convencido de la belleza de mi mujer (porque en realidad los hombres desconfían más de sus oídos que de sus ojos) prueba a verla desnuda”. Giges, entonces, exclamó diciendo: “Señor, ¿qué insana proposición me haces al sugerirme que vea desnuda a mi señora? Cuando una mujer se despoja de su túnica, con ella se despoja también de su pudor. Hace tiempo que los hombres conformaron las reglas del decoro, reglas que debemos observar; una de ellas estriba en que cada cual se atenga a lo suyo. Además, yo estoy convencido de que ella es la mujer más bella del mundo y te ruego que no me pidas desafueros”.

Con estas palabras Giges trataba, claro es, de negarse, por temor a que el asunto le ocasionara algún perjuicio, pero Candaules le contestó en estos términos: “Tranquilízate, Giges, y no tengas miedo de mí, pensando que te hago esta proposición para probarte, ni de mi mujer, pro temor a que ella pueda ocasionarte algún daño; pues yo lo dispondré todo de manera que ella ni siquiera se entere de que tú la has visto. Te apostaré tras la puerta de la alcoba en que dormimos, que estará entreabierta; y en cuanto yo haya entrado, llegará también mi mujer para acostarse. Junto a la entrada hay un asiento, en él colocará sus ropas conforme se las vaya quitando y podrás contemplarla con entera libertad. Finalmente, cuando desde el asiento se dirija a la cama y quedes a su espalda, procura entonces cruzar la puerta sin que te vea”.

En vista de que no podía soslayarlo, Giges accedió a ello. Cuando Candaules consideró que era hora de acostarse, llevó a Giges al dormitorio y, acto seguido, acudió también su mujer; una vez estuvo dentro, y mientras iba dejando sus ropas Giges pudo contemplarla. Y cuando, al dirigirse la mujer hacia el lecho, quedó a su espalda, salió a hurtadillas de la estancia. La mujer le vio salir, pero, aunque comprendió lo que su marido había hecho, no se puso a gritar por la vergüenza sufrida ni denotó haberse dado cuenta, con el propósito de vengarse de Candaules, ya que, entre los lidios -como entre casi todos los bárbaros en general-, ser contemplado desnudo supone una gran vejación hasta para un hombre.


Por el momento, pues, sin ninguna exteriorización, se mostró así de tranquila. Pero en cuanto se hizo de día, alertó a los servidores que sabía le eran más leales e hizo llamar a Giges.. Éste, que no pensaba que ella estuviera al tanto de lo sucedido, acudió a su llamada, pues ya antes solía, cuando la reina lo hacía llamar, presentarse a ella. Y cuando Giges llegó, la mujer le dijo lo siguiente: “Giges, de entre los dos caminos que ahora se te ofrecen, te doy a escoger el que prefieras seguir: o bien matas a Candaules y te haces conmigo y con el reino de los lidios, o bien eres tú quien debe morir sin más demora para evitar que, en lo sucesivo, por seguir todas las órdenes de Candaules, veas lo que no debes. Sí, debe morir quien ha tramado ese plan, o tú, que me has visto desnuda y has obrado contra las leyes del decoro”. Por un instante, Giges quedó perplejo ante sus palabras, pero, después, comenzó a suplicarle que no le sumiera en la necesidad de tener que hacer semejante elección. Sin embargo, como no logró convencerla, sino que se vio realmente enfrentado a la necesidad de matar a su señor, o de perecer él a manos de otros, optó por conservar la vida. Así que le formuló la siguiente pregunta: “Ya que me obligas -dijo- a matar a mi señor contra mi voluntad, de acuerdo, te escucho; dime cómo atentaremos contra él”. Ella, entonces, le dijo en respuesta: “La acción tendrá efecto en el mismo lugar en que me exhibió desnuda y el atentado se llevará a cabo cuando duerma”.

Después de haber tramado la conspiración, al llegar la noche, Giges (dado que no tenía libertad de movimientos, ni quedaba otra salida, sino que él o Candaules debía morir) siguió a la mujer al dormitorio. Ella, después de entregarle un puñal, lo ocultó detrás mismo de la puerta. Y, al cabo, mientras Candaules descansaba, Giges salió con sigilo, le dio muerte y se hizo con la mujer y con el reino de los lidios. Precisamente Arquíloco de Paros, que vivió por esa misma época, mencionó a Giges en un trímetro yámbico.

Heródoto. Historia, I 8-12

Primer amor

Me enamoré por primera vez cuando tenía doce años. En medio de la clase apareció una muchacha de pelo colorado y la maestra la presentó como la alumna nueva. Estaba parada al lado del pizarrón y se llamaba (o se llama) Clara Schultz. No recuerdo nada de las semanas siguientes, pero sé que nos habíamos enamorado y que tratábamos de ocultarlo porque éramos chicos y sabíamos que queríamos algo imposible. Algunos recuerdos todavía me duelen. En la fila los otros nos miraban y ella se ponía todavía más colorada y yo aprendí lo que era sufrir la complicidad de los imbéciles. A la salida me peleaba en la canchita de Amenedo con tipos de quinto y de sexto que la seguían para tirarle abrojos en el pelo, porque ella lo llevaba suelto hasta la cintura. Una tarde volví a casa tan golpeado que mi madre pensó que me había vuelto loco o que me había agarrado una fiebre suicida. No podía decirle a nadie lo que sentía y parecía hosco y humillado, como si siempre anduviera con sueño. Nos escribíamos cartas, pero apenas sabíamos escribir. Me acuerdo de una sucesión inestable de éxtasis y de desesperación; me acuerdo que ella era seria y apasionada y que nunca sonreía, quizá porque conocía el futuro. No conservo ninguna fotografía, sólo su recuerdo, pero en cada mujer que he querido estaba Clara. Se fue como vino, imprevistamente, antes de fin de año. Una tarde hizo algo heroico y quebró todas las reglas y entró corriendo en el prohibido patio de los varones para venir a decirme que se la llevaban. Tengo la imagen de los dos en medio de las baldosas coloradas y el círculo sarcástico de los otros que nos miran. El padre era inspector municipal o gerente de banco y lo trasladaban a Sierra de la Ventana. Recuerdo el horror que me produjo la imagen de una sierra que también era una cárcel. Por eso había llegado con el año empezado y por eso quizá me había amado. Fue tan grande el dolor, que logré recordar que mi madre decía que si uno quería a una persona tenía que poner un espejo en la almohada, porque si la veía reflejada en el sueño se casaba con ella. Y a la noche, cuando en casa todos se habían dormido, yo caminaba descalzo hasta el patio del fondo y descolgaba el espejo en el que se afeitaba mi padre todas las mañanas. Era un espejo cuadrado, de marco de madera marrón, atado con una cadenita al clavo de la pared. Dormía a ratos, tratando de verla reflejada al soñar y a veces me imaginaba que la veía aparecer en el borde del espejo. Muchos años después, una noche, soñé que soñaba con ella en el espejo. La veía tal cual era de chica, con el pelo colorado y los ojos serios. Yo era otro, pero ella era la misma y venía hacia mí, como si fuera mi hija.

Ricardo Piglia

martes, 18 de mayo de 2021

Por una filosofía de la literatura

 


La lectura es un acto fundamental en el papel de la creación literaria. Muchos autores son influidos por diferentes textos que otros escritores deciden lanzar al mundo. De esa circunstancia se desencadena el acto de escribir. Y es que escribir va más allá de apuntar una visión a partir de la interpretación de un texto, también se relaciona con la experiencia que se tuvo en el mundo o un conocimiento de alguna ciencia o disciplina que puede ser desconocido para muchos. Roland Barthes en su “Lección inaugural” pone en discusión este hecho: el autor transmite todo tipo de saberes, que puede que no sean completos ni definitivos, pero le da una mirada distinta al traerlos a ese mundo que está creando, como semejando la concepción de un universo paralelo a la realidad. En este sentido, se puede decir que no solamente la lectura es lo que constituye una obra. Sin embargo, esa obra leída da elementos para que el autor encuentre el mejor camino de expresión, construya un estilo y transmita un mensaje.

No obstante, es inevitable preguntarse por la definición que da Derrida sobre literatura, la cual es vista como una institución que tiende a desbordarse a sí misma, es decir, no tiene límites establecidos, puede romper sus propias reglas. Ha ocurrido históricamente con la novela, pero también con otros géneros que no se han mantenido estáticos a lo largo del tiempo, tienden a mutar de acuerdo con el momento histórico y ese mismo momento nos deja leer las obras de antaño, las cuales nos siguen diciendo cosas valiosas y actuales.

Es indudable que a lo largo de esa misma historia la literatura se ha construido también sin perder de vista esas obras del pasado, ellas mismas han pavimentado el camino hacia el futuro y ese camino se llama tradición. Esto es patrimonio de los autores, pero -esto también hay que decirlo- los críticos han iluminado buena parte de ese camino, como arqueólogos han descubierto rastros perdidos, huellas agonizantes, han aportado muchos elementos para que ese camino se mantenga, han puesto en diálogo distintos autores. En este sentido muchos escritores también han fungido como críticos.

Steiner habla de que el crítico siempre quiere ser escritor, pero queda en el aire la duda de si el crítico al interpretar una obra no se convierte ya en un autor. Abre una senda distinta, dirige una luz diferente a otras que iluminaron un texto. “Escribe acerca de” … ¿No es esto también el acto de un creador? ¿Acaso el escritor no hace una lectura del mundo, de la historia, de su vida y el resultado no es la obra? ¿No abundan esos escritores que hablan de libros también o de otros autores? ¿Qué los diferencia del crítico? ¿No es injusto que sea investido con el título de “criado del poeta”?

Sin duda, el hecho de que mucha literatura se clasifique en géneros no ha impedido que haya obras que busquen una hibridación, que traten de comunicar ideas, argumentos, experimentando con la forma, dejándose llevar por el mecanismo e imbricándolo con el mensaje, como un tejido construido a partir de retazos, en el que la forma y el contenido son el resultado. La novela, por ejemplo, surge de esta hibridación y ha sido una hibridación exitosa, la cual busca constantemente escapar de una definición, tal vez por eso es el género más popular actualmente, ya que puede decirlo todo, de diversas maneras, como lo plantea Derrida, y sin duda que se ha convertido en la síntesis de lo que es o puede ser la literatura.

La novela ha permitido que las opiniones cuenten, que en ella también habiten resquicios del ensayo, el cual ha sido un género que se ha excluido muchas veces, como si las ideas no pudieran relacionarse con los hechos, con las fábulas, con las epifanías poéticas. Esas opiniones se han manifestado de muchas maneras, han atacado ciertas costumbres, han satirizado ciertos comportamientos e, incluso, han entrado en confrontación con otros libros. No debemos olvidar Don Quijote de la Mancha, cuyo antecedente fueron los libros de caballerías y buena parte de la literatura de la Edad Media y el Prerrenacimiento. Un libro en que, según Auerbach en su Mímesis, el mundo es visto como un juego, interpretación que ciertamente se queda corta, pero que no es desatinada en ningún sentido. Pues se puede inferir que ese juego es otra realidad que se pone sobre la mesa y ese es el papel de la literatura, representar lo real o, como dice Barthes, creer que es “sensato el deseo de lo imposible”. Esto es lo que debemos tener en cuenta, una definición de literatura que sea completa, que no solamente muestre la problemática del lenguaje barthesiana, aunque el lenguaje lo haga posible todo, que sea esa herramienta que permita salirse del poder, como Don Quijote de una razón estática y famélica.

También podemos tener en cuenta, en el campo literario, otra figura cercana al tiempo de Cervantes, pero que le apostó al ensayo, se trata de Michel de Montaigne. Este autor decidió hablar de sí mismo, pero a través del filtro de miles de circunstancias y de lecturas. Su conocimiento se enfocó en lo que tenía dentro de sí, en su particular visión de mundo. Quizás es un autor que se encuentra en esa delgada línea que separa la literatura de la filosofía. Y al tomar tanto el discurso de la novela como el del ensayo, ¿no está la literatura rompiendo sus propios límites? ¿Acaso las obras que aludan a otras obras no son lecturas creativas también? ¿No son posibilidad de literatura?

El ensayo es el lugar en donde se pone en juego la esencia misma de la escritura, las ideas, las opiniones, sin necesidad de actos y circunstancias como materia principal, aunque muchas de estas sirven para alimentar esas ideas y opiniones. Así se puede evidenciar en Montaigne. Y este tipo de discurso ha sido el preferido de los críticos literarios, cuyo centro quizá no es la vida misma, sino las obras de otros, las ideas y opiniones de otros. En este sentido, uno podría ver que el crítico analiza en cada obra esa promesa empeñada que es la literatura, según lo que Derrida declara en su entrevista.

Nos queda indagar sobre la pregunta: ¿qué es lo que separa al escritor del crítico? Ciertamente, acercándonos a Steiner, podría el estilo ser un elemento crucial en esta discusión. La forma como se muestra el contenido.  Hay muchos críticos que no muestran ese cuidado por la escritura, como si al hablar de la literatura no se pudiera recurrir a lo literario. La crítica no debería aspirar a una verdad absoluta, la literatura no lo hace. No debería proclamar consignas definitivas, sino también habitar ese terreno de lo imposible. Establecer la construcción de vínculos entre obras pertenece indudablemente al terreno de la especulación, al terreno de la creación. La crítica que busca encerrar en una caja conceptual la literatura se aleja irremediablemente de una crítica lúcida, ¿por qué mejor no sobrevolar el terreno de las preguntas y descender allí, como Steiner sugiere?

No es desatinado pensar en el hecho de que la crítica literaria también permite que la institución literaria se construya, de que ponga en evidencia obras o autores que han pasado desapercibidos en el tiempo. No son solo los lectores los que mantienen viva esa institución. Es necesario establecer también lecturas inteligentes, lecturas que trasciendan, que permitan a otros, quizá no estar de acuerdo, pero sí configurar otro tipo de conexiones. En cada lector, hay callado un creador y un crítico y esto no desaparece en un escritor, tampoco en un crítico. Tal vez la diferencia fundamental sea que la literatura representa el compromiso con el mundo, el ansia de querer enfrentarlo, mientras que la crítica literaria deja ver que su único compromiso es con la literatura. Entonces, ¿no podría ser la crítica su extensión, una especie de filosofía de la literatura?


Bibliografía utilizada:

Auerbach, Erich. Mímesis. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

Barthes, R.: El grado cero de la escritura. México: Siglo XXI, 1983.

Barthes, R.: “Lección inaugural de la cátedra de semiología…”, en El placer del texto y La lección inaugural. México: Siglo XXI, 1983.

Derrida, J. (octubre de 2017). “Esa extraña institución llamada literatura. Una entrevista de Derek Attridge con Jacques Derrida” (V. Tuset, trad.). Boletín, 18, 115-150.

Steiner, George. Lenguaje y silencio. Barcelona: Gedisa, 2003.


sábado, 5 de diciembre de 2020

Un manual del siglo primero: El arte de amar

«Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame.» Un maestro que dirige su sabiduría, sabiduría muy antigua de hecho, tanto a hombres como a mujeres con el fin de enseñarles a amar y llevar hasta los límites de sí mismos el fuego de su pasión. El amor aquí es un juego, una danza, un ocultamiento y un develamiento, un juego de sombras donde la luz hace presencia intermitentemente. El amor como esa metáfora de un Ícaro que debe volar sin excesos, sin acercarse demasiado al calor del sol o a las olas del mar. El amor como ese monstruo que hay que saber dominar, como ese carruaje conducido por caballos que se debe llevar por el camino elegido. El amor como esa llama que arde de modo distinto en cada persona. La pasión que puede desbordar los límites de la razón, como un ácido carcomiendo una piedra. 

Es preciso trabajar paso a paso para hacerse con el amor elegido. Primero, el descubrimiento. Hay que ir a unos lugares específicos, observar bien, apreciar, saber lo que se quiere. Reconocer con los ojos lo que la mente quiere. Segundo: La conquista. La verdad absoluta de que no hay dificultades, no hay imposibles, pero que sí hay luchas dificultosas, requerimientos fallidos. “Sólo lo difícil es estimulante”. La sentencia de Lezama se aplica favorablemente. Es necesario saber jugar, saber adivinar; posteriormente, percibir, insistir. Aquí el arte de seducir es el arte de actuar, de hacerse pasar por otro para así terminar en uno mismo. Se vale desbordarse, dejarse llenar poco a poco de la esencia del otro, de esa singularidad desconocida que es su alma. Y ese desbordamiento se manifiesta en palabras, en ese río invisible con el que intentamos recorrer el abismo ajeno para no ver donde acaba o donde hace mella. Sin embargo, no se debe enamorar de la misma forma. Ningún ser o ninguna empresa de conquista puede acometerse con las mismas técnicas, de la misma manera que no se batalla igual en una playa como en un desierto.

Tercero: El mantenimiento. Ovidio discrepa de esa verdad socrática interpretada por Lukács que afirma que el amor más perfecto es aquel que no tiene respuesta porque es el fin de la propia perfección. Aquí el amor es el equilibrio, el trabajo, la costumbre. El amor no es un puente que se sostiene de un solo lado como nos ha enseñado Cortázar. No hay que dejar que la construcción se torne en ruinas, pues justo que el incapaz pierda todo lo que antes ganó. No hay que dejar que el amor se corrompa por la duda y la separación y se convierta luego en un laberinto de desilusiones, en esa red en la que fueron atrapados Venus y Marte.

El amor se acrecienta con el acto sexual, según el poeta. Allí no debe haber prisa, no debe haber placer propio, se debe enfocar en el otro. «Verás entonces sus ojos chispear con brillo tembloroso, igual que a veces el sol reverbera en el agua transparente. Vendrán después los quejidos, vendrá el amable murmullo y los dulces gemidos, y las palabras propias del juego.» Pero el acto debe ser oculto, íntimo, un encuentro mutuo donde ambos seres de enfoquen y se disgreguen, se dejen llevar y, posteriormente, caer; para, de nuevo, volver a ascender, volver a buscarse en el otro, volver a intentar ser uno y no poder serlo.

El texto habla con sabiduría de lo infinito, canta los bienes del amor, pero todo es fugaz alusión, singular experiencia. Las palabras del poeta insinúan esas palabras no dichas de una pasión. Todo es una exhortación a dejarse llevar por las tácticas y técnicas de un juego, de una adicción, que ralentiza el propio mundo y el ajeno que, para Dante, mueve el sol y las estrellas.

jueves, 24 de enero de 2019

La herida de amor: Lucrecio

De la naturaleza de las cosas (De Renum Natura), texto didáctico compuesto en el siglo I antes de nuestra era por el poeta y filósofo latino Tito Lucrecio Caro, más que un poema épico que plasma las doctrinas de Epicuro y de Demócrito, es una obra original en la cual se habla de la totalidad del mundo, es un intento lírico por entender y explicar la realidad del universo y las cosas.

Sin embargo, a pesar de que el poema entero merece particular atención, es atractivo su planteamiento sobre el sentimiento amoroso. Y no solamente seduce el concepto sino el modo en cómo lo plantea, en los recursos que, como poeta, Lucrecio utiliza para darle a ese amor el apelativo de enfermedad, de herida, de deseo insatisfecho.

En los versos finales del Libro IV donde, además de hacer una justificación acerca de dónde vienen los oscuros deseos y la necesidad del hombre por fecundar el cuerpo que produce las atracciones físicas y el sentimiento amoroso, de la misma forma que se tiene una herida en una guerra y se busca que quien la provocó la cure, encontramos una descripción de un encuentro erótico que, no solamente es una explicación de cómo el humano está sometido y es necesario que se someta a los placeres, sino nos muestra un tópico del amor como un mal que no se cura, del amor como el vano intento de unión física de los amantes, un panorama que es ciertamente desolador, pero que no le quita la belleza del momento.

La versión ofrecida de dicho fragmento es de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar.

Al poseerse, los amantes dudan.
No saben ordenar sus deseos.
Se estrechan con violencia,
se hacen sufrir, se muerden
con los dientes los labios,
se martirizan con caricias y besos.
Y ello porque no es puro su placer,
porque secretos aguijones los impulsan
a herir al ser amado, a destruir
la causa de su dolorosa pasión.
Y es que el amor espera siempre
que el mismo objeto que encendió la llama
que lo devora, sea capaz de sofocarla.
Pero no es así. No. Cuanto más poseemos,
más arde nuestro pecho y más se consume.
Los alimentos sólidos, las bebidas
que nos permiten seguir vivos,
ocupan sitios fijos en nuestro cuerpo
una vez ingeridos, y así es fácil
apagar el deseo de beber y comer.
Pero de un bello rostro, de una piel suave,
nada se deposita en nuestro cuerpo, nada
llega a entrar en nosotros salvo imágenes,
impalpables y vanos simulacros,
miserable esperanza que muy pronto se desvanece.
Semejantes al hombre que, en sueños,
quiere apagar su sed y no encuentra
agua para extinguirla, y persigue
simulacros de manantiales y se fatiga
en vano y permanece sediento y sufre
viendo que el río que parece estar
a su alcance huye y huye más lejos,
así son los amantes juguete en el amor
de los simulacros de Venus.
No basta la visión del cuerpo deseado
para satisfacerlos, ni siquiera la posesión,
pues nunca logran desprender ni un ápice
de esas graciosas formas sobre las que discurren,
vagabundas y erráticas, sus caricias.
Al fin, cuando, los miembros pegados,
saborean la flor de su placer,
piensan que su pasión será colmada,
y estrechan codiciosamente el cuerpo
de su amante, mezclando aliento y saliva,
con los dientes contra su boca, con los ojos
inundando sus ojos, y se abrazan
una y mil veces hasta hacerse daño.
Pero todo es inútil, vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean:
tanta pasión inútil ponen en adherirse
a los lazos de Venus, mientras sus miembros
parecen confundirse, rendidos por el placer.
Y después, cuando ya el deseo, condensado
en sus venas, ha desaparecido, su fuego
interrumpe su llama por un instante,
y luego vuelve un nuevo acceso de furor
y renace la hoguera con más vigor que antes.
Y es que ellos mismos saben que no saben
lo que desean y, al mismo tiempo, buscan
cómo saciar ese deseo que los consume,
sin que puedan hallar remedio
para su enfermedad mortal:
hasta tal punto ignoran dónde se oculta
la secreta herida que los corroe.

Cavafis: El erotismo como nostalgia


Costandinos Cavafis nació en Alejandría poco después de la segunda mitad del siglo XIX. Hijo de padre comerciante y de madre de familia aristocrática escribió una poesía rotundamente alejada de los tópicos literarios de este periodo, cuando sus coetáneos componían a la sombra de un nacionalismo y romanticismo que rescataba los autores antiguos. Cavafis fue un innovador, sin embargo, nunca se apreciaron sus aportes hasta después de su muerte, ya que nunca se relacionó con los círculos literarios de la época. Cavafis fue un autor extraterritorial cuya primera lengua fue el inglés, pero su refugio primordial fue la lengua griega. Cavafis, de orientación homosexual, escribió una poesía que va más allá del género y que lo convierte no sólo en un autor que representa la complejidad de los sentimientos humanos, sino también, en uno de los poetas eróticos más trascendentales.

Cavafis representa un puente entre esa antigüedad griega y alejandrina, con la que se siente identificado, y la modernidad con que expresa su propia sensibilidad. Una sensibilidad sin adornos, sin ninguna clase de florituras y artificios. En sus palabras encontramos levedad, sencillez, no imágenes complejas. La única posibilidad de plasmar una circunstancia es solamente gracias al lenguaje mismo, lenguaje que está sometido al tema principal de su poesía: El transcurrir del tiempo. Ese transcurrir del tiempo se define en el choque entre presente y pasado, entre momento y recuerdo, es en esta dicotomía donde oscila la fuerza de su erotismo, un erotismo contenido en la figura del cuerpo.

VUELVE
(1912)

Vuelve muchas veces y tómame,
sensación amada, vuelve y tómame—
cuando el recuerdo del cuerpo despierta
y un viejo deseo recorre la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y sienten las manos como si de nuevo palparan.
Vuelve muchas veces y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...

Aquí el cuerpo tiene memoria, en él se acumulan multitud de recuerdos, de experiencias sensoriales. El cuerpo tiene el poder de transportar al pasado y atesora en él todo lo transcurrido. En ese cuerpo no hay olvido, y el presente no puede fabricarlo, por eso se produce el fenómeno de la nostalgia, de la añoranza.

RECUERDA, CUERPO...
(1918)

Recuerda, cuerpo, no solo cuanto se te amo,
no sólo los lechos donde estuviste echado,
mas también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron — y que un
obstáculo fortuito los frustró.

Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado — como brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían, recuerda, cuerpo.

Es inevitable que exista la nostalgia, que un hálito de ella recorra cada línea. Pero esa melancolía no le arrebata a esos versos la fuerza de la entrega, el deseo, el arrebato, el abismo y el placer…

UNA NOCHE
(1915)
Era pobre y sórdida la alcoba,
escondida encima de la equívoca taberna.
Desde la ventana se veía el callejón
sucio y estrecho. De abajo
subían las voces de unos obreros
que jugando a las cartas mataban el tiempo.

Y allí, en una cama mísera y vulgar
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
sensuales y sonrosados por el vino—
sonrosados de tanto vino que incluso ahora,
cuando escribo, después de tantos años,
en mi casa solitaria, vuelvo a embriagarme.

El cuerpo juvenil es receptáculo de sensaciones y es la fragua de los deseos. Lo es de una manera tan profunda que, en la vejez, ese cuerpo que, alguna vez estuvo sumergido en el pasado, aún puede rememorar y extasiarse, “embriagarse” en la experiencia de la posesión. El cuerpo de la vejez solamente se encarga de recordar, ya no es un cuerpo que arde en apetitos o que recibe caricias, es el cuerpo que naufraga en la nostalgia, es el cuerpo que vive del dolor que queda tras un goce que hubiera deseado infinito.

Cavafis es uno de tantos autores que celebra la belleza, que está entregado a la estética del cuerpo, que intenta delinearlo con una atmósfera y un escenario conveniente para su exaltación.


Bibliografía:

Cavafis, C. P. Poesía completa. Madrid: Alianza, 1982.
Lidell, Robert. Kavafis, una biografía crítica. Barcelona: Ultramar, 1980.