La lectura es un
acto fundamental en el papel de la creación literaria. Muchos autores son
influidos por diferentes textos que otros escritores deciden lanzar al mundo.
De esa circunstancia se desencadena el acto de escribir. Y es que escribir va
más allá de apuntar una visión a partir de la interpretación de un texto,
también se relaciona con la experiencia que se tuvo en el mundo o un
conocimiento de alguna ciencia o disciplina que puede ser desconocido para
muchos. Roland Barthes en su “Lección inaugural” pone en discusión este hecho:
el autor transmite todo tipo de saberes, que puede que no sean completos ni
definitivos, pero le da una mirada distinta al traerlos a ese mundo que está
creando, como semejando la concepción de un universo paralelo a la realidad. En
este sentido, se puede decir que no solamente la lectura es lo que constituye
una obra. Sin embargo, esa obra leída da elementos para que el autor encuentre
el mejor camino de expresión, construya un estilo y transmita un mensaje.
No obstante, es inevitable
preguntarse por la definición que da Derrida sobre literatura, la cual es vista
como una institución que tiende a desbordarse a sí misma, es decir, no tiene
límites establecidos, puede romper sus propias reglas. Ha ocurrido
históricamente con la novela, pero también con otros géneros que no se han
mantenido estáticos a lo largo del tiempo, tienden a mutar de acuerdo con el
momento histórico y ese mismo momento nos deja leer las obras de antaño, las
cuales nos siguen diciendo cosas valiosas y actuales.
Es indudable que
a lo largo de esa misma historia la literatura se ha construido también sin
perder de vista esas obras del pasado, ellas mismas han pavimentado el camino
hacia el futuro y ese camino se llama tradición. Esto es patrimonio de los
autores, pero -esto también hay que decirlo- los críticos han iluminado buena
parte de ese camino, como arqueólogos han descubierto rastros perdidos, huellas
agonizantes, han aportado muchos elementos para que ese camino se mantenga, han
puesto en diálogo distintos autores. En este sentido muchos escritores también
han fungido como críticos.
Steiner habla de
que el crítico siempre quiere ser escritor, pero queda en el aire la duda de si
el crítico al interpretar una obra no se convierte ya en un autor. Abre una senda
distinta, dirige una luz diferente a otras que iluminaron un texto. “Escribe
acerca de” … ¿No es esto también el acto de un creador? ¿Acaso el escritor no
hace una lectura del mundo, de la historia, de su vida y el resultado no es la
obra? ¿No abundan esos escritores que hablan de libros también o de otros
autores? ¿Qué los diferencia del crítico? ¿No es injusto que sea investido con
el título de “criado del poeta”?
Sin duda, el
hecho de que mucha literatura se clasifique en géneros no ha impedido que haya
obras que busquen una hibridación, que traten de comunicar ideas, argumentos,
experimentando con la forma, dejándose llevar por el mecanismo e imbricándolo
con el mensaje, como un tejido construido a partir de retazos, en el que la
forma y el contenido son el resultado. La novela, por ejemplo, surge de esta
hibridación y ha sido una hibridación exitosa, la cual busca constantemente
escapar de una definición, tal vez por eso es el género más popular
actualmente, ya que puede decirlo todo, de diversas maneras, como lo plantea
Derrida, y sin duda que se ha convertido en la síntesis de lo que es o puede
ser la literatura.
La novela ha
permitido que las opiniones cuenten, que en ella también habiten resquicios del
ensayo, el cual ha sido un género que se ha excluido muchas veces, como si las
ideas no pudieran relacionarse con los hechos, con las fábulas, con las
epifanías poéticas. Esas opiniones se han manifestado de muchas maneras, han
atacado ciertas costumbres, han satirizado ciertos comportamientos e, incluso, han
entrado en confrontación con otros libros. No debemos olvidar Don Quijote de
la Mancha, cuyo antecedente fueron los libros de caballerías y buena parte
de la literatura de la Edad Media y el Prerrenacimiento. Un libro en que, según
Auerbach en su Mímesis, el mundo es visto como un juego, interpretación
que ciertamente se queda corta, pero que no es desatinada en ningún sentido.
Pues se puede inferir que ese juego es otra realidad que se pone sobre la mesa
y ese es el papel de la literatura, representar lo real o, como dice Barthes,
creer que es “sensato el deseo de lo imposible”. Esto es lo que debemos tener
en cuenta, una definición de literatura que sea completa, que no solamente
muestre la problemática del lenguaje barthesiana, aunque el lenguaje lo haga
posible todo, que sea esa herramienta que permita salirse del poder, como Don
Quijote de una razón estática y famélica.
También podemos
tener en cuenta, en el campo literario, otra figura cercana al tiempo de
Cervantes, pero que le apostó al ensayo, se trata de Michel de Montaigne. Este
autor decidió hablar de sí mismo, pero a través del filtro de miles de
circunstancias y de lecturas. Su conocimiento se enfocó en lo que tenía dentro
de sí, en su particular visión de mundo. Quizás es un autor que se encuentra en
esa delgada línea que separa la literatura de la filosofía. Y al tomar tanto el
discurso de la novela como el del ensayo, ¿no está la literatura rompiendo sus
propios límites? ¿Acaso las obras que aludan a otras obras no son lecturas
creativas también? ¿No son posibilidad de literatura?
El ensayo es el
lugar en donde se pone en juego la esencia misma de la escritura, las ideas,
las opiniones, sin necesidad de actos y circunstancias como materia principal,
aunque muchas de estas sirven para alimentar esas ideas y opiniones. Así se
puede evidenciar en Montaigne. Y este tipo de discurso ha sido el preferido de
los críticos literarios, cuyo centro quizá no es la vida misma, sino las obras
de otros, las ideas y opiniones de otros. En este sentido, uno podría ver que
el crítico analiza en cada obra esa promesa empeñada que es la literatura,
según lo que Derrida declara en su entrevista.
Nos queda
indagar sobre la pregunta: ¿qué es lo que separa al escritor del crítico?
Ciertamente, acercándonos a Steiner, podría el estilo ser un elemento crucial
en esta discusión. La forma como se muestra el contenido. Hay muchos críticos que no muestran ese
cuidado por la escritura, como si al hablar de la literatura no se pudiera
recurrir a lo literario. La crítica no debería aspirar a una verdad absoluta,
la literatura no lo hace. No debería proclamar consignas definitivas, sino
también habitar ese terreno de lo imposible. Establecer la construcción de
vínculos entre obras pertenece indudablemente al terreno de la especulación, al
terreno de la creación. La crítica que busca encerrar en una caja conceptual la
literatura se aleja irremediablemente de una crítica lúcida, ¿por qué mejor no
sobrevolar el terreno de las preguntas y descender allí, como Steiner sugiere?
No es desatinado pensar en el hecho de que la crítica literaria también permite que la institución literaria se construya, de que ponga en evidencia obras o autores que han pasado desapercibidos en el tiempo. No son solo los lectores los que mantienen viva esa institución. Es necesario establecer también lecturas inteligentes, lecturas que trasciendan, que permitan a otros, quizá no estar de acuerdo, pero sí configurar otro tipo de conexiones. En cada lector, hay callado un creador y un crítico y esto no desaparece en un escritor, tampoco en un crítico. Tal vez la diferencia fundamental sea que la literatura representa el compromiso con el mundo, el ansia de querer enfrentarlo, mientras que la crítica literaria deja ver que su único compromiso es con la literatura. Entonces, ¿no podría ser la crítica su extensión, una especie de filosofía de la literatura?
Bibliografía utilizada:
Auerbach, Erich.
Mímesis. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.
Barthes, R.: El
grado cero de la escritura. México: Siglo XXI, 1983.
Barthes, R.:
“Lección inaugural de la cátedra de semiología…”, en El placer del texto y
La lección inaugural. México: Siglo XXI, 1983.
Derrida, J. (octubre de 2017). “Esa extraña institución llamada literatura. Una entrevista de Derek Attridge con Jacques Derrida” (V. Tuset, trad.). Boletín, 18, 115-150.
Steiner, George.
Lenguaje y silencio. Barcelona: Gedisa, 2003.

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