Cavafis representa un puente entre esa antigüedad
griega y alejandrina, con la que se siente identificado, y la modernidad con
que expresa su propia sensibilidad. Una sensibilidad sin adornos, sin ninguna
clase de florituras y artificios. En sus palabras encontramos levedad,
sencillez, no imágenes complejas. La única posibilidad de plasmar una
circunstancia es solamente gracias al lenguaje mismo, lenguaje que está
sometido al tema principal de su poesía: El transcurrir del tiempo. Ese
transcurrir del tiempo se define en el choque entre presente y pasado, entre
momento y recuerdo, es en esta dicotomía donde oscila la fuerza de su erotismo,
un erotismo contenido en la figura del cuerpo.
VUELVE
(1912)
Vuelve muchas veces y
tómame,
sensación amada, vuelve y
tómame—
cuando el recuerdo del
cuerpo despierta
y un viejo deseo recorre la
sangre;
cuando los labios y la piel
recuerdan
y sienten las manos como si
de nuevo palparan.
Vuelve muchas veces y tómame
en la noche,
cuando los labios y la piel
recuerdan...
Aquí el cuerpo tiene memoria, en él se acumulan
multitud de recuerdos, de experiencias sensoriales. El cuerpo tiene el poder de
transportar al pasado y atesora en él todo lo transcurrido. En ese cuerpo no
hay olvido, y el presente no puede fabricarlo, por eso se produce el fenómeno
de la nostalgia, de la añoranza.
RECUERDA, CUERPO...
(1918)
Recuerda, cuerpo, no solo
cuanto se te amo,
no sólo los lechos donde
estuviste echado,
mas también aquellos deseos
que, por ti,
en miradas brillaron
claramente
y en la voz se estremecieron
— y que un
obstáculo fortuito los
frustró.
Ahora que todo se halla en
el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras
entregado — como brillaban,
recuerda, en los ojos que te
miraban;
cómo en la voz por ti se
estremecían, recuerda, cuerpo.
Es inevitable que exista la nostalgia, que un hálito
de ella recorra cada línea. Pero esa melancolía no le arrebata a esos versos la
fuerza de la entrega, el deseo, el arrebato, el abismo y el placer…
UNA NOCHE
(1915)
Era pobre y sórdida la
alcoba,
escondida encima de la equívoca
taberna.
Desde la ventana se veía el
callejón
sucio y estrecho. De abajo
subían las voces de unos
obreros
que jugando a las cartas
mataban el tiempo.
Y allí, en una cama mísera y
vulgar
poseí el cuerpo del amor,
poseí los labios
sensuales y sonrosados por
el vino—
sonrosados de tanto vino que
incluso ahora,
cuando escribo, después de
tantos años,
en mi casa solitaria, vuelvo
a embriagarme.
El cuerpo juvenil es receptáculo de sensaciones y es
la fragua de los deseos. Lo es de una manera tan profunda que, en la vejez, ese
cuerpo que, alguna vez estuvo sumergido en el pasado, aún puede rememorar y
extasiarse, “embriagarse” en la experiencia de la posesión. El cuerpo de la
vejez solamente se encarga de recordar, ya no es un cuerpo que arde en apetitos
o que recibe caricias, es el cuerpo que naufraga en la nostalgia, es el cuerpo
que vive del dolor que queda tras un goce que hubiera deseado infinito.
Cavafis es uno de tantos autores que celebra la
belleza, que está entregado a la estética del cuerpo, que intenta delinearlo
con una atmósfera y un escenario conveniente para su exaltación.
Bibliografía:
Cavafis, C. P. Poesía
completa. Madrid: Alianza, 1982.
Lidell, Robert. Kavafis,
una biografía crítica. Barcelona: Ultramar, 1980.

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