martes, 8 de junio de 2021

Candaules y Giges

Resulta que un tal Candaules estaba enamorado de su mujer y, como enamorado, creía firmemente tener la mujer más bella del mundo; de modo que, convencido de ello y como, entre sus oficiales, Giges, hijo de Dascilo, era su máximo favorito, Candaules confiaba al tal Giges sus más importantes asuntos y, particularmente, le ponderaba la hermosura de su mujer. Y, al cabo de no mucho tiempo -pues el destino quería que la desgracia alcanzara a Candaules-, le dijo a Giges lo siguiente: “Giges, como creo que, pese a mis palabras, no estás convencido de la belleza de mi mujer (porque en realidad los hombres desconfían más de sus oídos que de sus ojos) prueba a verla desnuda”. Giges, entonces, exclamó diciendo: “Señor, ¿qué insana proposición me haces al sugerirme que vea desnuda a mi señora? Cuando una mujer se despoja de su túnica, con ella se despoja también de su pudor. Hace tiempo que los hombres conformaron las reglas del decoro, reglas que debemos observar; una de ellas estriba en que cada cual se atenga a lo suyo. Además, yo estoy convencido de que ella es la mujer más bella del mundo y te ruego que no me pidas desafueros”.

Con estas palabras Giges trataba, claro es, de negarse, por temor a que el asunto le ocasionara algún perjuicio, pero Candaules le contestó en estos términos: “Tranquilízate, Giges, y no tengas miedo de mí, pensando que te hago esta proposición para probarte, ni de mi mujer, pro temor a que ella pueda ocasionarte algún daño; pues yo lo dispondré todo de manera que ella ni siquiera se entere de que tú la has visto. Te apostaré tras la puerta de la alcoba en que dormimos, que estará entreabierta; y en cuanto yo haya entrado, llegará también mi mujer para acostarse. Junto a la entrada hay un asiento, en él colocará sus ropas conforme se las vaya quitando y podrás contemplarla con entera libertad. Finalmente, cuando desde el asiento se dirija a la cama y quedes a su espalda, procura entonces cruzar la puerta sin que te vea”.

En vista de que no podía soslayarlo, Giges accedió a ello. Cuando Candaules consideró que era hora de acostarse, llevó a Giges al dormitorio y, acto seguido, acudió también su mujer; una vez estuvo dentro, y mientras iba dejando sus ropas Giges pudo contemplarla. Y cuando, al dirigirse la mujer hacia el lecho, quedó a su espalda, salió a hurtadillas de la estancia. La mujer le vio salir, pero, aunque comprendió lo que su marido había hecho, no se puso a gritar por la vergüenza sufrida ni denotó haberse dado cuenta, con el propósito de vengarse de Candaules, ya que, entre los lidios -como entre casi todos los bárbaros en general-, ser contemplado desnudo supone una gran vejación hasta para un hombre.


Por el momento, pues, sin ninguna exteriorización, se mostró así de tranquila. Pero en cuanto se hizo de día, alertó a los servidores que sabía le eran más leales e hizo llamar a Giges.. Éste, que no pensaba que ella estuviera al tanto de lo sucedido, acudió a su llamada, pues ya antes solía, cuando la reina lo hacía llamar, presentarse a ella. Y cuando Giges llegó, la mujer le dijo lo siguiente: “Giges, de entre los dos caminos que ahora se te ofrecen, te doy a escoger el que prefieras seguir: o bien matas a Candaules y te haces conmigo y con el reino de los lidios, o bien eres tú quien debe morir sin más demora para evitar que, en lo sucesivo, por seguir todas las órdenes de Candaules, veas lo que no debes. Sí, debe morir quien ha tramado ese plan, o tú, que me has visto desnuda y has obrado contra las leyes del decoro”. Por un instante, Giges quedó perplejo ante sus palabras, pero, después, comenzó a suplicarle que no le sumiera en la necesidad de tener que hacer semejante elección. Sin embargo, como no logró convencerla, sino que se vio realmente enfrentado a la necesidad de matar a su señor, o de perecer él a manos de otros, optó por conservar la vida. Así que le formuló la siguiente pregunta: “Ya que me obligas -dijo- a matar a mi señor contra mi voluntad, de acuerdo, te escucho; dime cómo atentaremos contra él”. Ella, entonces, le dijo en respuesta: “La acción tendrá efecto en el mismo lugar en que me exhibió desnuda y el atentado se llevará a cabo cuando duerma”.

Después de haber tramado la conspiración, al llegar la noche, Giges (dado que no tenía libertad de movimientos, ni quedaba otra salida, sino que él o Candaules debía morir) siguió a la mujer al dormitorio. Ella, después de entregarle un puñal, lo ocultó detrás mismo de la puerta. Y, al cabo, mientras Candaules descansaba, Giges salió con sigilo, le dio muerte y se hizo con la mujer y con el reino de los lidios. Precisamente Arquíloco de Paros, que vivió por esa misma época, mencionó a Giges en un trímetro yámbico.

Heródoto. Historia, I 8-12

Primer amor

Me enamoré por primera vez cuando tenía doce años. En medio de la clase apareció una muchacha de pelo colorado y la maestra la presentó como la alumna nueva. Estaba parada al lado del pizarrón y se llamaba (o se llama) Clara Schultz. No recuerdo nada de las semanas siguientes, pero sé que nos habíamos enamorado y que tratábamos de ocultarlo porque éramos chicos y sabíamos que queríamos algo imposible. Algunos recuerdos todavía me duelen. En la fila los otros nos miraban y ella se ponía todavía más colorada y yo aprendí lo que era sufrir la complicidad de los imbéciles. A la salida me peleaba en la canchita de Amenedo con tipos de quinto y de sexto que la seguían para tirarle abrojos en el pelo, porque ella lo llevaba suelto hasta la cintura. Una tarde volví a casa tan golpeado que mi madre pensó que me había vuelto loco o que me había agarrado una fiebre suicida. No podía decirle a nadie lo que sentía y parecía hosco y humillado, como si siempre anduviera con sueño. Nos escribíamos cartas, pero apenas sabíamos escribir. Me acuerdo de una sucesión inestable de éxtasis y de desesperación; me acuerdo que ella era seria y apasionada y que nunca sonreía, quizá porque conocía el futuro. No conservo ninguna fotografía, sólo su recuerdo, pero en cada mujer que he querido estaba Clara. Se fue como vino, imprevistamente, antes de fin de año. Una tarde hizo algo heroico y quebró todas las reglas y entró corriendo en el prohibido patio de los varones para venir a decirme que se la llevaban. Tengo la imagen de los dos en medio de las baldosas coloradas y el círculo sarcástico de los otros que nos miran. El padre era inspector municipal o gerente de banco y lo trasladaban a Sierra de la Ventana. Recuerdo el horror que me produjo la imagen de una sierra que también era una cárcel. Por eso había llegado con el año empezado y por eso quizá me había amado. Fue tan grande el dolor, que logré recordar que mi madre decía que si uno quería a una persona tenía que poner un espejo en la almohada, porque si la veía reflejada en el sueño se casaba con ella. Y a la noche, cuando en casa todos se habían dormido, yo caminaba descalzo hasta el patio del fondo y descolgaba el espejo en el que se afeitaba mi padre todas las mañanas. Era un espejo cuadrado, de marco de madera marrón, atado con una cadenita al clavo de la pared. Dormía a ratos, tratando de verla reflejada al soñar y a veces me imaginaba que la veía aparecer en el borde del espejo. Muchos años después, una noche, soñé que soñaba con ella en el espejo. La veía tal cual era de chica, con el pelo colorado y los ojos serios. Yo era otro, pero ella era la misma y venía hacia mí, como si fuera mi hija.

Ricardo Piglia

martes, 18 de mayo de 2021

Por una filosofía de la literatura

 


La lectura es un acto fundamental en el papel de la creación literaria. Muchos autores son influidos por diferentes textos que otros escritores deciden lanzar al mundo. De esa circunstancia se desencadena el acto de escribir. Y es que escribir va más allá de apuntar una visión a partir de la interpretación de un texto, también se relaciona con la experiencia que se tuvo en el mundo o un conocimiento de alguna ciencia o disciplina que puede ser desconocido para muchos. Roland Barthes en su “Lección inaugural” pone en discusión este hecho: el autor transmite todo tipo de saberes, que puede que no sean completos ni definitivos, pero le da una mirada distinta al traerlos a ese mundo que está creando, como semejando la concepción de un universo paralelo a la realidad. En este sentido, se puede decir que no solamente la lectura es lo que constituye una obra. Sin embargo, esa obra leída da elementos para que el autor encuentre el mejor camino de expresión, construya un estilo y transmita un mensaje.

No obstante, es inevitable preguntarse por la definición que da Derrida sobre literatura, la cual es vista como una institución que tiende a desbordarse a sí misma, es decir, no tiene límites establecidos, puede romper sus propias reglas. Ha ocurrido históricamente con la novela, pero también con otros géneros que no se han mantenido estáticos a lo largo del tiempo, tienden a mutar de acuerdo con el momento histórico y ese mismo momento nos deja leer las obras de antaño, las cuales nos siguen diciendo cosas valiosas y actuales.

Es indudable que a lo largo de esa misma historia la literatura se ha construido también sin perder de vista esas obras del pasado, ellas mismas han pavimentado el camino hacia el futuro y ese camino se llama tradición. Esto es patrimonio de los autores, pero -esto también hay que decirlo- los críticos han iluminado buena parte de ese camino, como arqueólogos han descubierto rastros perdidos, huellas agonizantes, han aportado muchos elementos para que ese camino se mantenga, han puesto en diálogo distintos autores. En este sentido muchos escritores también han fungido como críticos.

Steiner habla de que el crítico siempre quiere ser escritor, pero queda en el aire la duda de si el crítico al interpretar una obra no se convierte ya en un autor. Abre una senda distinta, dirige una luz diferente a otras que iluminaron un texto. “Escribe acerca de” … ¿No es esto también el acto de un creador? ¿Acaso el escritor no hace una lectura del mundo, de la historia, de su vida y el resultado no es la obra? ¿No abundan esos escritores que hablan de libros también o de otros autores? ¿Qué los diferencia del crítico? ¿No es injusto que sea investido con el título de “criado del poeta”?

Sin duda, el hecho de que mucha literatura se clasifique en géneros no ha impedido que haya obras que busquen una hibridación, que traten de comunicar ideas, argumentos, experimentando con la forma, dejándose llevar por el mecanismo e imbricándolo con el mensaje, como un tejido construido a partir de retazos, en el que la forma y el contenido son el resultado. La novela, por ejemplo, surge de esta hibridación y ha sido una hibridación exitosa, la cual busca constantemente escapar de una definición, tal vez por eso es el género más popular actualmente, ya que puede decirlo todo, de diversas maneras, como lo plantea Derrida, y sin duda que se ha convertido en la síntesis de lo que es o puede ser la literatura.

La novela ha permitido que las opiniones cuenten, que en ella también habiten resquicios del ensayo, el cual ha sido un género que se ha excluido muchas veces, como si las ideas no pudieran relacionarse con los hechos, con las fábulas, con las epifanías poéticas. Esas opiniones se han manifestado de muchas maneras, han atacado ciertas costumbres, han satirizado ciertos comportamientos e, incluso, han entrado en confrontación con otros libros. No debemos olvidar Don Quijote de la Mancha, cuyo antecedente fueron los libros de caballerías y buena parte de la literatura de la Edad Media y el Prerrenacimiento. Un libro en que, según Auerbach en su Mímesis, el mundo es visto como un juego, interpretación que ciertamente se queda corta, pero que no es desatinada en ningún sentido. Pues se puede inferir que ese juego es otra realidad que se pone sobre la mesa y ese es el papel de la literatura, representar lo real o, como dice Barthes, creer que es “sensato el deseo de lo imposible”. Esto es lo que debemos tener en cuenta, una definición de literatura que sea completa, que no solamente muestre la problemática del lenguaje barthesiana, aunque el lenguaje lo haga posible todo, que sea esa herramienta que permita salirse del poder, como Don Quijote de una razón estática y famélica.

También podemos tener en cuenta, en el campo literario, otra figura cercana al tiempo de Cervantes, pero que le apostó al ensayo, se trata de Michel de Montaigne. Este autor decidió hablar de sí mismo, pero a través del filtro de miles de circunstancias y de lecturas. Su conocimiento se enfocó en lo que tenía dentro de sí, en su particular visión de mundo. Quizás es un autor que se encuentra en esa delgada línea que separa la literatura de la filosofía. Y al tomar tanto el discurso de la novela como el del ensayo, ¿no está la literatura rompiendo sus propios límites? ¿Acaso las obras que aludan a otras obras no son lecturas creativas también? ¿No son posibilidad de literatura?

El ensayo es el lugar en donde se pone en juego la esencia misma de la escritura, las ideas, las opiniones, sin necesidad de actos y circunstancias como materia principal, aunque muchas de estas sirven para alimentar esas ideas y opiniones. Así se puede evidenciar en Montaigne. Y este tipo de discurso ha sido el preferido de los críticos literarios, cuyo centro quizá no es la vida misma, sino las obras de otros, las ideas y opiniones de otros. En este sentido, uno podría ver que el crítico analiza en cada obra esa promesa empeñada que es la literatura, según lo que Derrida declara en su entrevista.

Nos queda indagar sobre la pregunta: ¿qué es lo que separa al escritor del crítico? Ciertamente, acercándonos a Steiner, podría el estilo ser un elemento crucial en esta discusión. La forma como se muestra el contenido.  Hay muchos críticos que no muestran ese cuidado por la escritura, como si al hablar de la literatura no se pudiera recurrir a lo literario. La crítica no debería aspirar a una verdad absoluta, la literatura no lo hace. No debería proclamar consignas definitivas, sino también habitar ese terreno de lo imposible. Establecer la construcción de vínculos entre obras pertenece indudablemente al terreno de la especulación, al terreno de la creación. La crítica que busca encerrar en una caja conceptual la literatura se aleja irremediablemente de una crítica lúcida, ¿por qué mejor no sobrevolar el terreno de las preguntas y descender allí, como Steiner sugiere?

No es desatinado pensar en el hecho de que la crítica literaria también permite que la institución literaria se construya, de que ponga en evidencia obras o autores que han pasado desapercibidos en el tiempo. No son solo los lectores los que mantienen viva esa institución. Es necesario establecer también lecturas inteligentes, lecturas que trasciendan, que permitan a otros, quizá no estar de acuerdo, pero sí configurar otro tipo de conexiones. En cada lector, hay callado un creador y un crítico y esto no desaparece en un escritor, tampoco en un crítico. Tal vez la diferencia fundamental sea que la literatura representa el compromiso con el mundo, el ansia de querer enfrentarlo, mientras que la crítica literaria deja ver que su único compromiso es con la literatura. Entonces, ¿no podría ser la crítica su extensión, una especie de filosofía de la literatura?


Bibliografía utilizada:

Auerbach, Erich. Mímesis. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

Barthes, R.: El grado cero de la escritura. México: Siglo XXI, 1983.

Barthes, R.: “Lección inaugural de la cátedra de semiología…”, en El placer del texto y La lección inaugural. México: Siglo XXI, 1983.

Derrida, J. (octubre de 2017). “Esa extraña institución llamada literatura. Una entrevista de Derek Attridge con Jacques Derrida” (V. Tuset, trad.). Boletín, 18, 115-150.

Steiner, George. Lenguaje y silencio. Barcelona: Gedisa, 2003.