jueves, 24 de enero de 2019

La herida de amor: Lucrecio

De la naturaleza de las cosas (De Renum Natura), texto didáctico compuesto en el siglo I antes de nuestra era por el poeta y filósofo latino Tito Lucrecio Caro, más que un poema épico que plasma las doctrinas de Epicuro y de Demócrito, es una obra original en la cual se habla de la totalidad del mundo, es un intento lírico por entender y explicar la realidad del universo y las cosas.

Sin embargo, a pesar de que el poema entero merece particular atención, es atractivo su planteamiento sobre el sentimiento amoroso. Y no solamente seduce el concepto sino el modo en cómo lo plantea, en los recursos que, como poeta, Lucrecio utiliza para darle a ese amor el apelativo de enfermedad, de herida, de deseo insatisfecho.

En los versos finales del Libro IV donde, además de hacer una justificación acerca de dónde vienen los oscuros deseos y la necesidad del hombre por fecundar el cuerpo que produce las atracciones físicas y el sentimiento amoroso, de la misma forma que se tiene una herida en una guerra y se busca que quien la provocó la cure, encontramos una descripción de un encuentro erótico que, no solamente es una explicación de cómo el humano está sometido y es necesario que se someta a los placeres, sino nos muestra un tópico del amor como un mal que no se cura, del amor como el vano intento de unión física de los amantes, un panorama que es ciertamente desolador, pero que no le quita la belleza del momento.

La versión ofrecida de dicho fragmento es de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar.

Al poseerse, los amantes dudan.
No saben ordenar sus deseos.
Se estrechan con violencia,
se hacen sufrir, se muerden
con los dientes los labios,
se martirizan con caricias y besos.
Y ello porque no es puro su placer,
porque secretos aguijones los impulsan
a herir al ser amado, a destruir
la causa de su dolorosa pasión.
Y es que el amor espera siempre
que el mismo objeto que encendió la llama
que lo devora, sea capaz de sofocarla.
Pero no es así. No. Cuanto más poseemos,
más arde nuestro pecho y más se consume.
Los alimentos sólidos, las bebidas
que nos permiten seguir vivos,
ocupan sitios fijos en nuestro cuerpo
una vez ingeridos, y así es fácil
apagar el deseo de beber y comer.
Pero de un bello rostro, de una piel suave,
nada se deposita en nuestro cuerpo, nada
llega a entrar en nosotros salvo imágenes,
impalpables y vanos simulacros,
miserable esperanza que muy pronto se desvanece.
Semejantes al hombre que, en sueños,
quiere apagar su sed y no encuentra
agua para extinguirla, y persigue
simulacros de manantiales y se fatiga
en vano y permanece sediento y sufre
viendo que el río que parece estar
a su alcance huye y huye más lejos,
así son los amantes juguete en el amor
de los simulacros de Venus.
No basta la visión del cuerpo deseado
para satisfacerlos, ni siquiera la posesión,
pues nunca logran desprender ni un ápice
de esas graciosas formas sobre las que discurren,
vagabundas y erráticas, sus caricias.
Al fin, cuando, los miembros pegados,
saborean la flor de su placer,
piensan que su pasión será colmada,
y estrechan codiciosamente el cuerpo
de su amante, mezclando aliento y saliva,
con los dientes contra su boca, con los ojos
inundando sus ojos, y se abrazan
una y mil veces hasta hacerse daño.
Pero todo es inútil, vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean:
tanta pasión inútil ponen en adherirse
a los lazos de Venus, mientras sus miembros
parecen confundirse, rendidos por el placer.
Y después, cuando ya el deseo, condensado
en sus venas, ha desaparecido, su fuego
interrumpe su llama por un instante,
y luego vuelve un nuevo acceso de furor
y renace la hoguera con más vigor que antes.
Y es que ellos mismos saben que no saben
lo que desean y, al mismo tiempo, buscan
cómo saciar ese deseo que los consume,
sin que puedan hallar remedio
para su enfermedad mortal:
hasta tal punto ignoran dónde se oculta
la secreta herida que los corroe.

Cavafis: El erotismo como nostalgia


Costandinos Cavafis nació en Alejandría poco después de la segunda mitad del siglo XIX. Hijo de padre comerciante y de madre de familia aristocrática escribió una poesía rotundamente alejada de los tópicos literarios de este periodo, cuando sus coetáneos componían a la sombra de un nacionalismo y romanticismo que rescataba los autores antiguos. Cavafis fue un innovador, sin embargo, nunca se apreciaron sus aportes hasta después de su muerte, ya que nunca se relacionó con los círculos literarios de la época. Cavafis fue un autor extraterritorial cuya primera lengua fue el inglés, pero su refugio primordial fue la lengua griega. Cavafis, de orientación homosexual, escribió una poesía que va más allá del género y que lo convierte no sólo en un autor que representa la complejidad de los sentimientos humanos, sino también, en uno de los poetas eróticos más trascendentales.

Cavafis representa un puente entre esa antigüedad griega y alejandrina, con la que se siente identificado, y la modernidad con que expresa su propia sensibilidad. Una sensibilidad sin adornos, sin ninguna clase de florituras y artificios. En sus palabras encontramos levedad, sencillez, no imágenes complejas. La única posibilidad de plasmar una circunstancia es solamente gracias al lenguaje mismo, lenguaje que está sometido al tema principal de su poesía: El transcurrir del tiempo. Ese transcurrir del tiempo se define en el choque entre presente y pasado, entre momento y recuerdo, es en esta dicotomía donde oscila la fuerza de su erotismo, un erotismo contenido en la figura del cuerpo.

VUELVE
(1912)

Vuelve muchas veces y tómame,
sensación amada, vuelve y tómame—
cuando el recuerdo del cuerpo despierta
y un viejo deseo recorre la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y sienten las manos como si de nuevo palparan.
Vuelve muchas veces y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...

Aquí el cuerpo tiene memoria, en él se acumulan multitud de recuerdos, de experiencias sensoriales. El cuerpo tiene el poder de transportar al pasado y atesora en él todo lo transcurrido. En ese cuerpo no hay olvido, y el presente no puede fabricarlo, por eso se produce el fenómeno de la nostalgia, de la añoranza.

RECUERDA, CUERPO...
(1918)

Recuerda, cuerpo, no solo cuanto se te amo,
no sólo los lechos donde estuviste echado,
mas también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron — y que un
obstáculo fortuito los frustró.

Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado — como brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían, recuerda, cuerpo.

Es inevitable que exista la nostalgia, que un hálito de ella recorra cada línea. Pero esa melancolía no le arrebata a esos versos la fuerza de la entrega, el deseo, el arrebato, el abismo y el placer…

UNA NOCHE
(1915)
Era pobre y sórdida la alcoba,
escondida encima de la equívoca taberna.
Desde la ventana se veía el callejón
sucio y estrecho. De abajo
subían las voces de unos obreros
que jugando a las cartas mataban el tiempo.

Y allí, en una cama mísera y vulgar
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
sensuales y sonrosados por el vino—
sonrosados de tanto vino que incluso ahora,
cuando escribo, después de tantos años,
en mi casa solitaria, vuelvo a embriagarme.

El cuerpo juvenil es receptáculo de sensaciones y es la fragua de los deseos. Lo es de una manera tan profunda que, en la vejez, ese cuerpo que, alguna vez estuvo sumergido en el pasado, aún puede rememorar y extasiarse, “embriagarse” en la experiencia de la posesión. El cuerpo de la vejez solamente se encarga de recordar, ya no es un cuerpo que arde en apetitos o que recibe caricias, es el cuerpo que naufraga en la nostalgia, es el cuerpo que vive del dolor que queda tras un goce que hubiera deseado infinito.

Cavafis es uno de tantos autores que celebra la belleza, que está entregado a la estética del cuerpo, que intenta delinearlo con una atmósfera y un escenario conveniente para su exaltación.


Bibliografía:

Cavafis, C. P. Poesía completa. Madrid: Alianza, 1982.
Lidell, Robert. Kavafis, una biografía crítica. Barcelona: Ultramar, 1980.