sábado, 5 de diciembre de 2020

Un manual del siglo primero: El arte de amar

«Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame.» Un maestro que dirige su sabiduría, sabiduría muy antigua de hecho, tanto a hombres como a mujeres con el fin de enseñarles a amar y llevar hasta los límites de sí mismos el fuego de su pasión. El amor aquí es un juego, una danza, un ocultamiento y un develamiento, un juego de sombras donde la luz hace presencia intermitentemente. El amor como esa metáfora de un Ícaro que debe volar sin excesos, sin acercarse demasiado al calor del sol o a las olas del mar. El amor como ese monstruo que hay que saber dominar, como ese carruaje conducido por caballos que se debe llevar por el camino elegido. El amor como esa llama que arde de modo distinto en cada persona. La pasión que puede desbordar los límites de la razón, como un ácido carcomiendo una piedra. 

Es preciso trabajar paso a paso para hacerse con el amor elegido. Primero, el descubrimiento. Hay que ir a unos lugares específicos, observar bien, apreciar, saber lo que se quiere. Reconocer con los ojos lo que la mente quiere. Segundo: La conquista. La verdad absoluta de que no hay dificultades, no hay imposibles, pero que sí hay luchas dificultosas, requerimientos fallidos. “Sólo lo difícil es estimulante”. La sentencia de Lezama se aplica favorablemente. Es necesario saber jugar, saber adivinar; posteriormente, percibir, insistir. Aquí el arte de seducir es el arte de actuar, de hacerse pasar por otro para así terminar en uno mismo. Se vale desbordarse, dejarse llenar poco a poco de la esencia del otro, de esa singularidad desconocida que es su alma. Y ese desbordamiento se manifiesta en palabras, en ese río invisible con el que intentamos recorrer el abismo ajeno para no ver donde acaba o donde hace mella. Sin embargo, no se debe enamorar de la misma forma. Ningún ser o ninguna empresa de conquista puede acometerse con las mismas técnicas, de la misma manera que no se batalla igual en una playa como en un desierto.

Tercero: El mantenimiento. Ovidio discrepa de esa verdad socrática interpretada por Lukács que afirma que el amor más perfecto es aquel que no tiene respuesta porque es el fin de la propia perfección. Aquí el amor es el equilibrio, el trabajo, la costumbre. El amor no es un puente que se sostiene de un solo lado como nos ha enseñado Cortázar. No hay que dejar que la construcción se torne en ruinas, pues justo que el incapaz pierda todo lo que antes ganó. No hay que dejar que el amor se corrompa por la duda y la separación y se convierta luego en un laberinto de desilusiones, en esa red en la que fueron atrapados Venus y Marte.

El amor se acrecienta con el acto sexual, según el poeta. Allí no debe haber prisa, no debe haber placer propio, se debe enfocar en el otro. «Verás entonces sus ojos chispear con brillo tembloroso, igual que a veces el sol reverbera en el agua transparente. Vendrán después los quejidos, vendrá el amable murmullo y los dulces gemidos, y las palabras propias del juego.» Pero el acto debe ser oculto, íntimo, un encuentro mutuo donde ambos seres de enfoquen y se disgreguen, se dejen llevar y, posteriormente, caer; para, de nuevo, volver a ascender, volver a buscarse en el otro, volver a intentar ser uno y no poder serlo.

El texto habla con sabiduría de lo infinito, canta los bienes del amor, pero todo es fugaz alusión, singular experiencia. Las palabras del poeta insinúan esas palabras no dichas de una pasión. Todo es una exhortación a dejarse llevar por las tácticas y técnicas de un juego, de una adicción, que ralentiza el propio mundo y el ajeno que, para Dante, mueve el sol y las estrellas.

jueves, 24 de enero de 2019

La herida de amor: Lucrecio

De la naturaleza de las cosas (De Renum Natura), texto didáctico compuesto en el siglo I antes de nuestra era por el poeta y filósofo latino Tito Lucrecio Caro, más que un poema épico que plasma las doctrinas de Epicuro y de Demócrito, es una obra original en la cual se habla de la totalidad del mundo, es un intento lírico por entender y explicar la realidad del universo y las cosas.

Sin embargo, a pesar de que el poema entero merece particular atención, es atractivo su planteamiento sobre el sentimiento amoroso. Y no solamente seduce el concepto sino el modo en cómo lo plantea, en los recursos que, como poeta, Lucrecio utiliza para darle a ese amor el apelativo de enfermedad, de herida, de deseo insatisfecho.

En los versos finales del Libro IV donde, además de hacer una justificación acerca de dónde vienen los oscuros deseos y la necesidad del hombre por fecundar el cuerpo que produce las atracciones físicas y el sentimiento amoroso, de la misma forma que se tiene una herida en una guerra y se busca que quien la provocó la cure, encontramos una descripción de un encuentro erótico que, no solamente es una explicación de cómo el humano está sometido y es necesario que se someta a los placeres, sino nos muestra un tópico del amor como un mal que no se cura, del amor como el vano intento de unión física de los amantes, un panorama que es ciertamente desolador, pero que no le quita la belleza del momento.

La versión ofrecida de dicho fragmento es de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar.

Al poseerse, los amantes dudan.
No saben ordenar sus deseos.
Se estrechan con violencia,
se hacen sufrir, se muerden
con los dientes los labios,
se martirizan con caricias y besos.
Y ello porque no es puro su placer,
porque secretos aguijones los impulsan
a herir al ser amado, a destruir
la causa de su dolorosa pasión.
Y es que el amor espera siempre
que el mismo objeto que encendió la llama
que lo devora, sea capaz de sofocarla.
Pero no es así. No. Cuanto más poseemos,
más arde nuestro pecho y más se consume.
Los alimentos sólidos, las bebidas
que nos permiten seguir vivos,
ocupan sitios fijos en nuestro cuerpo
una vez ingeridos, y así es fácil
apagar el deseo de beber y comer.
Pero de un bello rostro, de una piel suave,
nada se deposita en nuestro cuerpo, nada
llega a entrar en nosotros salvo imágenes,
impalpables y vanos simulacros,
miserable esperanza que muy pronto se desvanece.
Semejantes al hombre que, en sueños,
quiere apagar su sed y no encuentra
agua para extinguirla, y persigue
simulacros de manantiales y se fatiga
en vano y permanece sediento y sufre
viendo que el río que parece estar
a su alcance huye y huye más lejos,
así son los amantes juguete en el amor
de los simulacros de Venus.
No basta la visión del cuerpo deseado
para satisfacerlos, ni siquiera la posesión,
pues nunca logran desprender ni un ápice
de esas graciosas formas sobre las que discurren,
vagabundas y erráticas, sus caricias.
Al fin, cuando, los miembros pegados,
saborean la flor de su placer,
piensan que su pasión será colmada,
y estrechan codiciosamente el cuerpo
de su amante, mezclando aliento y saliva,
con los dientes contra su boca, con los ojos
inundando sus ojos, y se abrazan
una y mil veces hasta hacerse daño.
Pero todo es inútil, vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean:
tanta pasión inútil ponen en adherirse
a los lazos de Venus, mientras sus miembros
parecen confundirse, rendidos por el placer.
Y después, cuando ya el deseo, condensado
en sus venas, ha desaparecido, su fuego
interrumpe su llama por un instante,
y luego vuelve un nuevo acceso de furor
y renace la hoguera con más vigor que antes.
Y es que ellos mismos saben que no saben
lo que desean y, al mismo tiempo, buscan
cómo saciar ese deseo que los consume,
sin que puedan hallar remedio
para su enfermedad mortal:
hasta tal punto ignoran dónde se oculta
la secreta herida que los corroe.

Cavafis: El erotismo como nostalgia


Costandinos Cavafis nació en Alejandría poco después de la segunda mitad del siglo XIX. Hijo de padre comerciante y de madre de familia aristocrática escribió una poesía rotundamente alejada de los tópicos literarios de este periodo, cuando sus coetáneos componían a la sombra de un nacionalismo y romanticismo que rescataba los autores antiguos. Cavafis fue un innovador, sin embargo, nunca se apreciaron sus aportes hasta después de su muerte, ya que nunca se relacionó con los círculos literarios de la época. Cavafis fue un autor extraterritorial cuya primera lengua fue el inglés, pero su refugio primordial fue la lengua griega. Cavafis, de orientación homosexual, escribió una poesía que va más allá del género y que lo convierte no sólo en un autor que representa la complejidad de los sentimientos humanos, sino también, en uno de los poetas eróticos más trascendentales.

Cavafis representa un puente entre esa antigüedad griega y alejandrina, con la que se siente identificado, y la modernidad con que expresa su propia sensibilidad. Una sensibilidad sin adornos, sin ninguna clase de florituras y artificios. En sus palabras encontramos levedad, sencillez, no imágenes complejas. La única posibilidad de plasmar una circunstancia es solamente gracias al lenguaje mismo, lenguaje que está sometido al tema principal de su poesía: El transcurrir del tiempo. Ese transcurrir del tiempo se define en el choque entre presente y pasado, entre momento y recuerdo, es en esta dicotomía donde oscila la fuerza de su erotismo, un erotismo contenido en la figura del cuerpo.

VUELVE
(1912)

Vuelve muchas veces y tómame,
sensación amada, vuelve y tómame—
cuando el recuerdo del cuerpo despierta
y un viejo deseo recorre la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y sienten las manos como si de nuevo palparan.
Vuelve muchas veces y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...

Aquí el cuerpo tiene memoria, en él se acumulan multitud de recuerdos, de experiencias sensoriales. El cuerpo tiene el poder de transportar al pasado y atesora en él todo lo transcurrido. En ese cuerpo no hay olvido, y el presente no puede fabricarlo, por eso se produce el fenómeno de la nostalgia, de la añoranza.

RECUERDA, CUERPO...
(1918)

Recuerda, cuerpo, no solo cuanto se te amo,
no sólo los lechos donde estuviste echado,
mas también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron — y que un
obstáculo fortuito los frustró.

Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado — como brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían, recuerda, cuerpo.

Es inevitable que exista la nostalgia, que un hálito de ella recorra cada línea. Pero esa melancolía no le arrebata a esos versos la fuerza de la entrega, el deseo, el arrebato, el abismo y el placer…

UNA NOCHE
(1915)
Era pobre y sórdida la alcoba,
escondida encima de la equívoca taberna.
Desde la ventana se veía el callejón
sucio y estrecho. De abajo
subían las voces de unos obreros
que jugando a las cartas mataban el tiempo.

Y allí, en una cama mísera y vulgar
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
sensuales y sonrosados por el vino—
sonrosados de tanto vino que incluso ahora,
cuando escribo, después de tantos años,
en mi casa solitaria, vuelvo a embriagarme.

El cuerpo juvenil es receptáculo de sensaciones y es la fragua de los deseos. Lo es de una manera tan profunda que, en la vejez, ese cuerpo que, alguna vez estuvo sumergido en el pasado, aún puede rememorar y extasiarse, “embriagarse” en la experiencia de la posesión. El cuerpo de la vejez solamente se encarga de recordar, ya no es un cuerpo que arde en apetitos o que recibe caricias, es el cuerpo que naufraga en la nostalgia, es el cuerpo que vive del dolor que queda tras un goce que hubiera deseado infinito.

Cavafis es uno de tantos autores que celebra la belleza, que está entregado a la estética del cuerpo, que intenta delinearlo con una atmósfera y un escenario conveniente para su exaltación.


Bibliografía:

Cavafis, C. P. Poesía completa. Madrid: Alianza, 1982.
Lidell, Robert. Kavafis, una biografía crítica. Barcelona: Ultramar, 1980.